SILENCIO Y COLOR

No sé qué me sorprendió más, si el silencio o el color. Ambos parecían ir de la mano en el poco tiempo que permanecí sumergido en aquellas frías aguas del Atlántico de las que tanto me habían hablado. Mi primera inmersión no duró más de veinte minutos, los cuales pasaron entre la incredulidad por lo que estaba viendo y el sentir que era un sueño, que todo terminaría en cuanto despertara y abriese los ojos.

Existe un verdadero mundo de silencio, ese del que tanto hablaban todos, el que he ido buscando siempre y que creía que no existía. Sí, hay silencio bajo el mar. Si habitáramos en los fondos marinos nos daríamos cuenta de la saludable terapia de vivir sin ruido. Añade además color en grandes dosis y sus infinitas tonalidades invitándote a abrir bien los ojos: bienvenido al paraíso.

Me sumergí a unos treinta metros de profundidad acompañado del respeto al mar, la excitación por lo incierto y la expectativa por lo desconocido. Enseguida me escoltaron diferentes animales de muchas formas y colores. A muy poca profundidad divisé un pequeño banco de doncellas. Estos pequeños peces de coloración muy viva giraron al sentirme para enterrarse en la arena. Las rojas catalufas, las medusas amarillentas y transparentes y otra gran variedad de peces desconocidos para mí me acompañaban en el descenso. Una pareja de tortugas bobas parecía saludarme con la mano aunque quizás yo era ignorado y lo único que hacían era mover sus patas al nadar.

Lo corales, gorgonias y alcionarios formaban un hermoso jardín marino, jardín complaciente, sin sombras, cargado de un esplendor festivo que teñía el agua de tonalidades imposibles. Las gorgonias rojas, amarillas y naranjas tapizaban las verticales paredes del fondo marino. Miles de pequeños peces nadaban próximos a las cuevas que quedaban ocultas por los alcionarios que con sus danzas sin descanso, bailando y girando, abrían sus brazos bajo esa cúpula de cristal que es el mar. En los pináculos, algunos pececillos se internaban en los bosques de corales buscando su alimento.
En el momento del ascenso, de mi despedida del silencio, pienso que sería estúpido llorar más agua de la que me rodea. Al ascender, el mar despliega ante mis ojos una variedad extraordinaria de azules y verdes. El color del fondo se va difuminando, se oscurece y termina desapareciendo ante la llegada de la luz de la superficie. Temo el inevitable ruido. Avanzo a la realidad.