PASEO DIURNO

TXOMIN PASCUAL
Paseando, demasiado ocupado con la tarea pertinente, o sea localizar chustas de porro abandonadas a su suerte, demasiado absorto como para estar a lo que hay que estar, que no por ello se me ha escapado un detalle, ese descampado, una parcela abandonada cuya única suerte posible es la de llegar, algún día, y si acaso, a sustentar los cimientos de una vivienda, a albergar una o varias familias, la de servir de tierra firme al hormigón, sólidamente y sin soberbia, con la misma naturalidad que sus hermanos, los terrenos colindantes, a los que apenas se puede ver ya, ejecutando escrupulosamente la misión de ser acaparados con baldosas y aristas de 90º, y si acaso dejarse ver, pero solo mínimamente, en proporciones ínfimas, aunque exageradas sus cualidades y aprovechadas sus posibilidades, bien acicalados con espeso follaje, pequeños oasis mantenidos a riego por goteo, sepultada así también la llaneza de la tierra virgen, un interrogante y todas las posibilidades abiertas, en el caso del primer solar, bien abonado por el excedente de perros con correa, a la espera de ser alguien, tres días y tres noches llovieron y el terreno está verde, os juro que lo vi con mis propios ojos, que andaba mirando el suelo y no por ello he dejado de ver césped en un terreno que la semana pasada estaba gris. Poco importa si al acercarse uno comprueba que no se trata de césped, sino de mala hierba.
 
PASEO NOCTURNO
También paseando, de camino al trabajo o de vuelta de él, camino a casa, al calor del hogar y al amparo de las frías manos de la soledad, de noche, siempre de noche, el ritmo de las olas al romper, a través de un paseo marítimo que une dos localidades, habitadas todas ellas, por cierto, las gentes al cobijo del orden y la eficiencia, las persianas bajadas, protegiéndoles de la luz de las farolas, a las sombras del silencio y las calles vacías, y yo caminando, solo, seguido de mi sombra, a la luz de la luna, siempre en el mismo lugar, puntual, esa tienda de campaña, no, no siempre, que algunos días no me fijo, ya porque la luna me arrebata, ya porque ando demasiado absorto entre las brumas de mis propios pensamientos (no, sé que no soy esquizofrénico), pero al día siguiente ahí está, o a la semana, o quizás dos meses después, como si siempre hubiera estado allí, resiste viento y lluvia, sol y calima, mírala, al borde de un pequeño risco, se muere de hambre, el que ahí vive, ¿qué puede tener quien todo lo que tiene cabe en una tienda de campaña? Y sin embargo tiene el mar, tiene su sonido, y hasta en los sueños se cuela éste, se cuela hasta las profundidades, se asimila tan bien que deja de ser percibido y valorado, y entonces no tiene nada, una tienda de campaña, se tiene a sí mismo también, y aunque yo no lo vea sé que está ahí, durmiendo, pues la misión de toda tienda es ofrecer cobijo a los nómadas, sobrevivirá este nómada, pero ¿será feliz?, ¿hasta dónde llegará su margen de elección? No, lo hace porque le da la gana, porque ha roto con todo, porque un día tiró su agenda y su móvil al mar, y olvidó que tenía familia y amigos, olvidó una educación y unas creencias y unas riendas, olvidó sus prejuicios, su yo y hasta su nombre, y un día, en esa tienda de campaña, frente al mar, lo recordó todo y volvió a empezar desde el principio, como si nada hubiera aprendido de todo ello. Pero nada, no se deja ver. Y de día, ¡ay!, de día las cosas son de otro modo. El otro día me fijé y la tienda había sido suplantada por un prisma de hormigón, ¿os imagináis?, ¡un prisma de hormigón al borde de un risco frente al mar!, qué cosa más incongruente. No, sé que no lo soñé. Además, mi versión es mejor.