Había una vez un mar del mundo... ese mar estaba en el mejor de los océanos, en el mejor entorno climático, en la mejor isla que se conocía. Pero algo fallaba, a pesar de tenerlo todo, algo pasaba que la marea se moría... a pesar de ser propicia para la vida... los seres que caminaban sobre dos patas se convencían a diario que todo tenía que morir. Así nació la Convención más importante de la Isla... una isla que no tenía nombre hasta ese momento.
La reunión era a marea baja y los organizadores, los cangrejos de la isla, se nombraban entre ellos por las cualidades físicas y por las zonas de procedencia. Fueron de los primeros habitantes de la isla y a través del patrimonio oral pasaban vivencias de sus antepasados y habían conseguido vivir de una manera tradicional.
Llegó el Cangrejo del Norte, que era rojo como la sangre, también estaba el Cangrejo Negro, que era como la lava, el Cangrejo Ciego, que para llegar tuvo que acompañarlo la Santorra del Sur y por último, pero no menos importante, el Cangrejo Común que fue en su momento el más común de las piedras de esa Isla, pero que por desgracia ya cada vez lo era menos. Este último, vino acompañado por unos primos diferentes, pero todos ellos cangrejos al fin y al cabo. Llegaron de una isla vecina dándoles todos la bienvenida como siempre hacían con los extraños que venían de buena fe.
Todos los habitantes de ese lugar llegaron puntuales. Las gaviotas, los cernícalos, los pocos guirres que quedaban, los erizos, los pulpos, las viejas, las pardelas, que en ese momento emigraban a otros mares, los guinchos, los abaes, las samas roqueras, los cabosos, en fin... estaban todos allí. La santorra, como sabía que las lapas y las clacas no se podían mover, se quedó junto a ellas para contarles lo que iba pasando.
Cuando empezó la reunión todos estaban en silencio mirándose unos a otros con una sonrisa nerviosa, y a pesar de tener todos claro que había que comer antes de asistir a la multitudinaria reunión, el Cangrejo Negro no podía parar de mirar a los ojos de aquellas gaviotas por si encontraba algún ápice de hambre en ellos...
Todos sabían qué pasaba en sus zonas, pero querían tener claro si sus quejas se gritaban al unísono o si por el contrario eran molestias aisladas. Poco a poco... después de un largo silencio, comenzó la reunión.
El primero en hablar fue el pulpo, que con sus tentáculos disformes comentaba como le iba de mal en su entorno por arriesgar su vida cada vez que tenía que comer y con sus ocho tentáculos al unísono se quejaba de las nasas. Contaba como su mujer ya no veía a sus hijos crecer, los capturaban siendo tan niños... y de cómo cada vez que salían los despedía como se despide a alguien para siempre... se preguntaba cómo no veían sus tamaños, si no veían que eran muy pequeños...
Siguieron las Fulas, las Castañetas y las bogas, que no paraban de suplicar que dejaran de tirar basuras a su lado ya que se asfixiaban porque vivían en plena orilla. Teniendo que nadar cada vez más lejos a buscar comida y exponiéndose cada vez más a ser presa de unos depredadores desconocidos hasta el momento para ellas. |
¡Ufffff!– decía la señora Mero– antes sí que se vivía mejor. Y así uno por uno fueron comentando lo difícil en que se había convertido vivir.
Todos, desde tiempos muy lejanos sabían que el ser humano cazaba, como ellos mismos también lo hacían para poder subsistir... pero lo que acontecía en ese momento era algo más cruel que nada, matar por matar. Matar sin pensar en la edad, ni en la cantidad, capturar más de lo que se necesita para vivir... necesitaban una solución. Querían que por encima de todo llegara el entendimiento entre humanos y animales. Las cosas iban mal para todos.
Todos asentían hasta que de repente se hizo un silencio cuando el viejo Cangrejo Ciego hizo uso de su palabra, habló con voz profunda, cansada y sabía. Agradezco por primera vez no poder ver, me entristece oír los lamentos de mis congéneres, el sufrimiento de tantos seres. Algo ha pasado con la humanidad, ya no hay equilibrio como lo hubo durante tantas generaciones, la convivencia no es respetuosa,... qué pena me da. Una vez, cuando el ser humano me sacó de la cueva y me llevó a la luz pensé que era maravilloso captarla, aunque nada distinguiera, y sentir su calor. Ahora, me doy cuenta que en la luz están los conflictos, los abusos y las crueldades... Tenemos que buscar una solución entre todos, debe llegarle al hombre nuestro mensaje. Nos comunicaremos con él con lo único que entiende, por lo que realmente escucha y reacciona: le enviaremos una lanza, que es lo más acertado para que comprenda que lo ideal es la paz y la armonía, no la guerra y la destrucción.
De un salto, salió fuera del agua el señor Tamboril. Muy nervioso, mientras se hinchaba dijo: ¡no!, no podemos hacer lo que ellos hacen, tenemos que ser mejores. Tenemos que mostrarles que la isla se rompe, que se va destruyendo y que cada vez quedamos menos... no podemos ser agresivos, ¡no lo somos!.
... De esta manera, nació el nombre de la reunión y así bautizaron a una Isla que se merecía lo mejor para todos los que allí residían. Fue así como un cangrejo y un tamboril le dieron el nombre de LANZA ROTA, pero como ya sabrán ustedes, los cangrejos ya pasan poco tiempo en el mar por la escasez de alimentos y por los vertidos humanos que llegan a las orillas, así que a la hora de pronunciar el nombre fuera de su habitat se les mezclan las palabras... quedando su nombre en LANZAROTE. |